Cuando viajo tengo una obsesión: hacer fotografía de estatuas. Son modelos perfectos, esculpidos en el tiempo para ser inmortalizados. Esta obsesión tiene su origen en el Efecto Kuleshov. Es un fenómeno demostrado por el cineasta Lev Kuleshov durante los años veinte. Kuleshov mostró frente a una audiencia una secuencia en la que se intercalaba la misma toma del actor Iván Mozzhujin con las de un plato de sopa, un ataúd y una niña jugando. La audiencia percibió que la expresión de Mozzhujin cambiaba en cada secuencia pero no era así, con lo cual se comprobó que el montaje tiene una gran influencia en la comprensión semántica de lo que aparece en una escena. ¿Y como se aplica esta idea a las fotografías que hago de las estatuas? Mi idea es que al aplicar una concepción cinematográfica a las estatuas y, por ejemplo, tomar un primer plano de las mismas, en cierta manera se humanizan a través de mi mirada y la del espectador. Al tener un rostro cincelado en el tiempo, imperturbable, en muchos casos inexpresivo, es el propio autor y el espectador quien le pone esa emoción que le falta o que le desborda personalmente.








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